Sam Raimi se ha consagrado como uno de los realizadores más definitivos de nuestro tiempo.
Texto: Alejandro Ávila
Un cineasta cuya visión influyó de manera decisiva en el cine B de bajo presupuesto y que, a través de imágenes viscerales, grotescas y cargadas de sátira, construyó una identidad autoral inconfundible. Con la trilogía de Spider-Man demostró ser un realizador completo, capaz de equilibrar esperanza y terror, espectáculo y trauma. Hoy, con Send Help (¡Ayuda!), Raimi regresa a un terreno más íntimo y perverso: el de la supervivencia como reflejo de la podredumbre social.
La película plantea una premisa aparentemente sencilla pero retorcida. Linda Liddle (Rachel McAdams), una empleada corporativa subestimada durante años, y su arrogante jefe Bradley Preston (Dylan O’Brien), un “nepo baby” recién ascendido a CEO, sobreviven a un brutal accidente aéreo que los deja varados en una isla desierta.
Lo que inicia como un conflicto laboral se transforma rápidamente en una guerra psicológica y física donde las jerarquías corporativas colapsan y solo queda la ley del más fuerte , o bien, del más inteligente.
Sangre por todos lados
Antes del desastre, Raimi se toma el tiempo de mostrar el entorno estéril y humillante de Preston Strategic Solutions. Linda lleva siete años esperando una vicepresidencia que le es arrebatada por Bradley, un hombre incapaz de reconocer méritos ajenos. Cuando el jet privado se estrella en el océano, el relato abandona la oficina para convertirse en una fábula oscura sobre el privilegio, la frustración y el instinto primitivo. Linda revela que su obsesión con programas como Survivor no era trivial; Bradley, en cambio, queda expuesto como un cuerpo inútil sostenido solo por el poder simbólico del dinero.
Raimi se divierte pervirtiendo el género. Aquí no hay romance forzado ni camaradería heroica, sino una danza constante entre la civilización fingida y el impulso de asesinar al otro. Peleas con jabalíes, lluvias torrenciales, envenenamientos, combates cuerpo a cuerpo y accidentes explosivos (incluida una secuencia aérea brutalmente visceral) conforman un espectáculo que no escatima en violencia. El gore está dosificado con inteligencia: sangre, bilis, heridas abiertas y cuerpos degradados funcionan como un lenguaje que revela la brutalidad latente en los personajes.
Rachel McAdams entrega una de las interpretaciones más incómodas y fascinantes de su carrera.
Quiero confesar que cada que veo a la actriz, siento que el papel que mejor le queda es el de loca, usando sus gestos faciales y sus ojos, consigue encarnar la locura a través de cda parte de su rostro. Raimi la presenta inicialmente como una figura apagada, casi ridícula, enfatizando imperfecciones físicas y gestos torpes.
Sin embargo, en la isla se transforma en una guerrera salvaje, alguien que abraza su locura y canaliza años de resentimiento. Dylan O’Brien, por su parte, sorprende al encarnar a un villano patético, sin vanidad ni épica: un hombre que solo sabe dar órdenes mientras se desmorona física y mentalmente. Su actuación recuerda a la bufonía cruel de Bruce Campbell, un acierto que refuerza el tono de comedia negra.
Un relato perverso
La isla misma se convierte en un personaje más. Raimi la filma como un espacio hostil que arranca las máscaras sociales y obliga a los protagonistas a mirarse sin filtros. Por momentos, ¡Ayuda! funciona como una reflexión sobre clases sociales, roles de género y privilegios, evitando caer en maniqueísmos fáciles, no hay héroes ni villanos absolutos, solo dos seres humanos enfrentados a su versión más primitiva.
No todo es perfecto. El uso ocasional de efectos digitales (como un jabalí generado por
computadora) resta impacto a escenas que pedían fisicidad real. La banda sonora de Danny Elfman resulta sorprendentemente discreta y el desenlace puede sentirse predecible. Aun así, Raimi nunca pierde el control del tono ni olvida su esencia de cineasta de serie B elevado al extremo.
Uno de los aciertos más incómodos del filme es el uso del cuerpo como territorio narrativo. Raimi se detiene en arrugas, heridas, suciedad y gestos degradados para subrayar la pérdida progresiva de humanidad. La supervivencia no se presenta como una hazaña heroica, sino como un proceso humillante, donde cada avance implica una renuncia moral y física. En este sentido, el asco no es un exceso gratuito, sino una herramienta para evidenciar el colapso interior de los personajes.
Esto incluso genera cierta familiaridad con lo visto en ‘The Substance’, pues Sam hace zoom a restos en comida en rostros, ciertos tics faciales y a gestos que resultan mostrar esa perdida de moralidad social, señalando incluso que, en la cotidianidad civilizada hay restos de un primitismo en nuestro día a día; el cual detona cuando ambos personajes llegan a la isla.

Sobreviviendo al infierno
¡Ayuda! No se erige a la altura de los clásico de Sam pero, si se construye como un imprescindible dentro de su filmografía; se aleja por completo de las películas de supervivencia y a su modo de comedia negra y drama visceral, se vuelve en una fabula oscura llena de atrocidades que entretienen hasta la última gota de sangre, siendo una ida al cine que garantiza emoción, repulsión y que no dejará indiferente a aquellos que asistan a pedir ayuda.
Raimi vuelve a demostrar que nadie como él sabe convertir el caos, la repulsión y la risa nerviosa en puro cine. La película observa a sus protagonistas como si fueran sujetos de un experimento moral, enfrentados a un entorno que premia la astucia y castiga la soberbia.
Esa ambigüedad, donde el espectador oscila entre el rechazo y la empatía, es lo que mantiene vivo el relato incluso cuando la violencia alcanza su punto más extremo.
Al principio pensaba que había ciertos personajes que parecían tontos, o incluso que había
escenas injustificadas pero, conforme avanza la trama uno comienza a entender que todo esta bien acomodado para que sea parte de un engranaje que se desliza sin presiones y que fluye como un torrente sanguíneo visceral y disruptivo.
La sangre como elemento, angustia, perturba e hipnotiza en cada secuencia de acción visceral; el humor ácido y cinismo con el que Sam graba ciertas escenas hacen que el dolor y el terror se muevan de forma orgánica haciendo que la emoción mute; partiendo del desagrado hacía lo absurdo y terminando en una incomodidad que se rompe por la brutalidad de escenas que llegan para confrontar a los personajes.
Usando planos cerrados que asfixian, movimientos de cámara abruptos y encuadres ligeramente deformados construyen una sensación constante de inestabilidad. Raimi no busca belleza en la imagen, sino fricción; cada plano parece diseñado para incomodar al espectador y recordarle que el control es una ilusión. Incluso en los momentos de aparente calma, la cámara se mantiene inquieta, anticipando el estallido de violencia.


